El ojo crítico
David Jurado
El día de ayer, tras la dimisión de Evo Morales a la presidencia, motivada por la presión del Ejército y los grupos de oposición de derecha, la senadora del partido Unión Demócrata, Jeanine Áñez, se autoproclamó presidenta interina de Bolivia.
En su entrada al antiguo palacio presidencial, la senadora lo hizo sosteniendo entre sus manos y a lo alto, como estandarte de alguna lucha o revolución, la Biblia, diciendo: “Gracias a Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio, que él nos bendiga”.
Si se analiza de manera aislada, este hecho puede verse como una mera intención de infundir los valores de la religión católica al pueblo boliviano; sin embargo, si se pone en relieve todo el contexto social, político y cultural que ha rodeado al país en los últimos años, la interpretación adquiere otros tintes y matices.
Evo Morales, quien actualmente se encuentra en México tras haber recibido asilo, es un político de raíces indígenas, que durante sus 14 años de gestión vio de manera insistente por las necesidades de los pueblos autóctonos, sumidos (como otros tantos pueblos indígenas de América Latina) en una terrible pobreza y desigualdad social.
Un cambio de intereses…
Este interés en los sectores más desprotegidos de la sociedad boliviana, encendió inmediatamente las alarmas de los grupos más poderosos del país (políticos, empresarios, etc.), quienes vieron amenazados sus intereses, pues no olvidemos que, al fin y al cabo, la política es un juego de intereses, una lucha de poderes donde el único perdedor es siempre el pueblo.
Por ello, cuando Evo Morales desacató lo establecido por la constitución de su país con el afán de perpetuarse en el poder, la oposición vio una coyuntura inigualable para mover sus piezas en favor de sus intereses, lo cual logró gracias a la intervención de Ejército, pues si algo nos ha enseñado la historia es que la fuerza pública es el principal medio para derrocar gobiernos.
“Todos somos indios, aun sin saberlo ni quererlo”
Así, al ingresar al Palacio con la Biblia en mano y la palabra de Dios por delante, Jeanine Áñez no sólo reemplazó a Evo Morales como presidente de Bolivia, sino también sepultó simbólicamente el trabajo que había realizado en favor de los grupos indígenas, lo cual nos recuerda a la época de la Colonia, cuando los conquistadores enseñaron la religión a los INDIOS (así, en mayúsculas, porque, como dijera José Emilio Pacheco, todos somos indios, aun sin saberlo ni quererlo. “Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres, nadie usaría esa palabra a modo de insulto”) como un medio para imponerse política y culturalmente.
El futuro inmediato y a largo plazo de Bolivia es incierto y aún es muy pronto para determinar en qué terminará todo este asunto que ha escalado a niveles internacionales; aunque el acto de Jeanine Áñez parece augurar un futuro poco prometedor para los pueblos indígenas y los grupos de izquierda de Bolivia.
Nos leemos pronto.
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