Acursio
Si usted tiene la necesidad de caminar o transitar por el centro de Puebla, se dará cuenta que la ciudad que un día fue reconocida por su traza perfecta y declarada por la UNESCO “Patrimonio Histórico de la Humanidad”, se encuentra en situación de abandono, en manos del ambulantaje, carteristas, farderos y ausencia del Estado de Derecho y lo más grave, de autoridades que garanticen el libre tránsito y la seguridad de los ciudadanos.
La 8 y 10 poniente son los casos más lacerantes de esta realidad poblana, transitar en auto implica de 15 a 25 minutos para un recorrido de 300 metros, razones: los microbuses hacen base sin moverse, sin un solo agente vial que trate de dar vialidad fluida; eso sí, usted encontrará a personal de los líderes de ambulantes tratando de que a conveniencia, se muevan las unidades de transporte público.
A la vista y a la luz del día, reunidos los carteristas y cadeneros, ingiriendo bebidas alcohólicas en plena vía pública.
Entonces uno se pregunta ¿Por qué no se pone orden ante esta anarquía?
La respuesta es simple, la anarquía obedece a un redituable y jugoso negocio de los líderes de la organización de ambulantes en complicidad con funcionarios municipales.
Las cuotas diarias, según algunos comerciantes, van de 150 a 300 pesos para los llamados toreros y para puestos de mayores dimensiones 400 pesos diarios; las personas saben que de lo que pagan, la mitad es para los líderes y la otra, para funcionarios del Ayuntamiento, quienes incluso conocen a este recurso económico con la clave de “14”.
Si consideramos que la Secretaría de Gobernación Municipal reconoce mínimo 750 ambulantes, estamos hablando de una cantidad de casi 225 mil pesos diarios. Buen negocio, ¿verdad?
Si para justificar este ingreso se mantiene un discurso de que se tolera el ambulantaje para apoyar a los desempleados, existe una aparente justificación social para lucrar desde el servicio público.
Complicidad, ¿contubernio de cuántos?


