A lo largo de nuestra vida nos vamos enfrentando a un sinfín de cuestiones que debemos resolver. Desde que somos chiquitos se nos va inculcando la toma de decisiones; yo por ejemplo, le mostraba dos opciones de color de vaso entrenador o de mordedera a mi bebé y él me señalaba o tomaba el que más le gustaba. Y así con otros objetos o cuestiones.
Esas pequeñas acciones son las que nos van enseñando que tenemos el poder de decisión sobre nuestras vidas.
Mientras se dependa económicamente de alguien las decisiones no siempre serán del todo libres, pero de que se cuenta con opciones se cuenta con opciones.
Desgraciadamente, hay familias que definitivamente controlan toda la vida de sus hijos e hijas, lo cual les hace muchísimo daño al no dejarlos enfrentar los problemas y por ende madurar. Hay progenitores que consideran que por el hecho de serlo y por ser los proveedores, tienen derecho a ser los amos de sus retoños, lo cual está más que equivocado.
No saber decidir causa inseguridad y dependencia de otras personas, no solo de los padres. A futuro la dependencia será con la pareja. Esto suele darse más en las mujeres por cuestión cultural; la creencia de que no somos capaces ni de pensar, genera que aún se las acostumbre en muchas familias a no decidir, sino a esperar que sean los varones quienes lo hagan.
Lo mismo pasa con los límites. Si no se nos enseña desde pequeñas a que existen límites que debemos poner ante las actitudes y acciones de los demás, costará muchísimo trabajo lograr ponerlos a futuro. Y nuevamente es una cuestión cultural.
Las mamás y los papás suelen inculcar en las hijas la insana costumbre de aguantar lo que le tengan que aguantar a la pareja nomás por el hecho de serlo; como suelen decir: “es la cruz que te tocó cargar”.
Pero a veces pasa que aunque sepamos que podemos poner límites, por amor toleramos cuestiones que sabemos no están bien, que nos damos perfecta cuenta de que nos lastiman o de que más adelante en la relación nos causará algún problema, incluso un daño emocional o físico, pero aunque estamos conscientes de esto, cuesta muchísimo romper con la relación.
Nunca es fácil terminar, pero cuando ya marcaste tus límites y la persona los sigue rebasando es momento de tomar decisiones… cuando esto pasa ya no hay vuelta atrás.
Siempre en una relación habrá indicadores de que la persona tiene tendencias violentas; son pequeños detalles, pero si los va una juntando, comienzan a dispararse las alarmas de “persona violenta en potencia”.
Cuando esto pasa es momento de literal huir.
Por más amor que sintamos por la persona, primero debemos amarnos a nosotras mismas y esto incluye recordarnos que ante todo está nuestra seguridad emocional, física y mental.
Sean tres meses, un año o más tiempo el que se lleve en la relación, tenemos que entender que seguir con alguien que en realidad nos hace más daño que bien, solo nos provocará sufrimiento y lágrimas.
Nos puede dar tristeza por el otro, pero si ellos no se tientan el corazón al lastimarnos, es momento de tampoco hacerlo nosotras. Suena duro, pero cuando con sus acciones nos llevan al límite de nuestro aguante, es tiempo de tomar cartas en el asunto.
Nuestra mejor relación debe ser con nosotras mismas. Somos cada una de nosotras las que debemos cuidarnos, apapacharnos, darnos ánimos, confianza y seguridad. Asimismo somos para quien debemos arreglarnos, vernos lindas, sentirnos guapas y sonreír.
Así que a tomar decisiones y poner límites. A inculcarles esto desde pequeñas a las niñas para que ya de adolescentes y adultas se sepan defender si les toca un novio que comienza a mostrar tendencias de neandertal.
Nos leemos el próximo lunes.
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ARIANNA COS
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