La posible gestión de Martha Erika Alonso en Puebla nos ha mostrado dos vertientes: la que predica justicia y paz para los poblanos, y la que se impregna de represión y violencia impune. En imagen, parecerían dos maneras de hacer política totalmente adversas, pero en esencia representan lo mismo: la permanencia del morenovallismo.
Los actos represivos del 3 de julio aún son un enigma, nadie sabe quién inició realmente la reyerta. Se puede adjudicar a los hechos la premisa de que cualquier acto violento es injustificable; sin embargo, en Puebla es comprensible: alrededor de 8 años de morenovallismo en el estado dejaron un incremento en la pobreza y abrieron paso a la continuidad de los feminicidios, según informa el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Además, el mismo organismo coloca a Puebla con un alto nivel de rezago social (siendo el nivel ‘muy alto’ la cúspide y ‘muy bajo’ el menor), mientras que Etellekt otorga a Puebla el segundo estado con mayor violencia política, sólo por debajo de Guerrero. No hay que olvidar que las campañas electorales dejaron a más de 100 muertos, siendo Puebla uno de los estados con más decesos.

Foto: cortesía
Pero no sólo las estadísticas arrojan focos rojos a la gestión morenovallista. En uso del sentido común, el simple hecho de que un gobierno con tales características busque imponerse por tercera ocasión en el poder provoca desconcierto en todos los habitantes que ya habían mostrado su inconformidad ante los antidemocráticos resultados expuestos por el conteo rápido y el PREP, mismos que exageraron el tiempo en anunciarse de manera oficial.
Es cierto, resulta una exageración culpar al morenovallismo de la violencia y las carencias sociales en todo el estado; sin embargo, tras inferir que organismos gubernamentales parecen estar a disposición de Moreno Valle, la culpa es incompartible. El morenovallismo no provocó todos los males en Puebla, pero sí ayudó a consolidarlos.

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El descontento ciudadano ante la falta de transparencia durante y después de los comicios del 1 de julio no lo es todo: esto es sólo la gota que derramó el vaso, uno repleto de impunidad, pobreza, violencia y rezago. La victimización del morenovallismo ante los problemas que este provocó por su carencia de empatía con la ciudadanía no sólo es absurda, sino también ridícula.
El problema central de estos actos es comprenderlos en su inmediatez ignorando la inmensa lista que resta y que falta si Martha Erika llega al poder. No es una cuestión de partidos y colores (aunque resulte imposible no partidizar la contienda); es una cuestión de facultades y derechos humanos.


