Ojo crítico
David Jurado
La delgada línea que divide la verdad de la mentira es en ocasiones tan fina que, una vez que se quiebra, genera desconcierto y rabia entre quienes se tambalearon en ella.
En los últimos días, la noticia que dio innumerables vueltas por internet fue la desaparición y posterior aparición de Laura Karen Espíndola, quien, por todo un día, se convirtió en un símbolo de la lucha contra la violencia y el peligro al que se enfrentan diariamente las mujeres en México; de esa agobiante incertidumbre de no saber si aquel vehículo que abordan las llevará a su destino o si doblará en una esquina sin nombre para no volver la marcha atrás.
Sin embargo, así como la figura de Karen se agigantó velozmente entre las redes sociales y las charlas cotidianas, despertando compasión y empatía; con lo misma rapidez se precipitó hacia el repudio de quienes escribimos detrás de una pantalla. Fue mártir de unas horas, para después convertirse en victimario de su propio juicio.
Quizá la desaparición como tal no fue lo que más nos conmovió, sino el mensaje que colocó a su madre, ya que nos hizo sentir esa frustración de presenciar directamente la inevitable tragedia y no poder hacer nada al respecto, sobre todo si se pone de trasfondo el contexto actual de México, donde una “desaparición” poco a poco ha comenzado a convertirse en sinónimo de “muerte”.
Seguir alzando la voz ante la violencia
Por desgracia, la tragedia de Karen resultó ser falsa. Por fortuna, está viva. Lo hecho, hecho está. Si es culpable, dónde estaba, cómo vestía y qué estaba haciendo ya pasa a segundo plano.
La crítica social y el cargo de conciencia serán sus verdugos. Lo importante ahora es no dejar que paguen justos por pecadores y continuar alzando la voz ante la violencia que sufren las mujeres en México.
Karen mintió, pero miles de mujeres no lo han hecho y han muerto en el silencio, en el olvido, entre los archivos apolillados de las autoridades.
A final de cuentas, Karen resultó ser sólo una cifra menos de los cerca de 3 mil casos de mujeres asesinadas en el país en lo que va de 2019, de los cuales sólo alrededor de 800 se investigan como feminicidios.
México sigue lleno de Danielas, de Abriles, de Citlalis, de Brendas y de miles de nombres más que continúan clamando justicia allá desde donde ya nadie puede escucharlas.


