La Mariposa Naranja
Arianna Cos
Dentro del lamentable mundo de la violencia hacia las mujeres siempre ha hecho más ruido la violencia física, al ser la más evidente por dejar marcas visibles en el cuerpo.
Hasta hace poco tiempo, se creía que era la única que existía, pero gracias a estudios realizados a nivel mundial en torno al fenómeno del maltrato, se reconocieron como prácticas violentas acciones y actitudes que de igual manera lastiman, aunque las huellas no se vean en la piel.
La Organización de las Naciones Unidas define la violencia contra las mujeres como “todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer. Inclusive, las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.
De esta manera, aparte de la violencia física, se establecieron como otros tipos la sexual y la psicológica. Más adelante se incluyeron la económica y la patrimonial.
Cabe destacar que un tipo de violencia nunca va solo; puede existir violencia física acompañada de sexual y psicológica; psicológica acompañada de económica o presentarse los cinco tipos.
En la columna de hoy describiré la violencia sexual acompañada de una historia de vida, que aunque muy dura, tuvo un final feliz. (El nombre de la mujer fue cambiado por razones de seguridad).
Violencia sexual: toda acción (chantajes, manipulaciones o amenazas) que lleve a la mujer a realizar actos sexuales en contra de su voluntad. Se destaca la violación.
Esta es llevada a cabo, generalmente por las parejas pero también por los padres, otros familiares (abuelos, tíos o primos), por maestros o compañeros. Incluye la burla, la humillación o el abandono afectivo hacia la sexualidad y las necesidades del otro así como la celotipia (celos obsesivos).
Las relaciones sexuales frente a terceros y la utilización de objetos sexuales sin el consentimiento de la persona también se consideran formas de abuso sexual, que al igual que las demás, buscan la manipulación y el dominio del otro.
La historia de Bet
“Desde pequeña sufrí maltrato por parte de mis padres. Mi papá me ignoraba y cuando me hacía caso era para golpearme porque había hecho algo mal; mi mamá también me pegaba.
Cuando tenía 14 años, buscando el afecto que me era negado en casa. Me hice novia de un chico, quien aprovechándose de mi inocencia me citó un día y junto con otros tres jóvenes me ataron de pies y manos con un alambre.
Me inyectaron una sustancia que me hizo paralizarme, pero podía oír, oler, sentir todo; los cuatro me violaron. Hasta la fecha llevo las marcas de su atrocidad aunque ya pasaron 12 años.
Quedé embarazada y desde que tuve al bebé lo rechacé; tan solo verlo me hacía recordar todo el horror que me hicieron pasar. Sentía amor-odio hacia él.
“Años después, buscando darle a mi hijo el padre que tanto pedía y anhelando formar una familia estable, me casé con alguien que me conquistó con los detalles más bonitos pero que después, poco a poco, fue ejerciendo violencia psicológica hacia mí, al grado de llegar en mi desesperación a cortarme el cabello drásticamente, buscando agradarle.
Me fue siempre infiel desde que estaba embarazada de mi segundo bebé. Tiempo después nos separamos pero él seguía pensando que tenía derecho sobre mí, por lo que un día llegó a ver a nuestro hijo y al verme platicar con un amigo se enfureció, me metió a la casa y me obligó a tener relaciones. Me lastimó cruelmente.
No lo denuncié por miedo, pero tiene ya casi un año que logré escapar de esa situación y comencé a ir a terapia.
Ahora me siento libre y feliz al lado de mis hijos. Ellos son mi motor y lo más valioso que tengo. Mi primer hijo, al despertar, me llena de besos y yo hacia él. Ya estoy mucho mejor. Planeo poner mi propio negocio, mi estética y seguir disfrutando de mis pequeños y de mi libertad”.
Como Bet, muchas mujeres buscando ser queridas y apreciadas caen en manos de hombres que únicamente las lastiman más. Algunas se pasan toda una vida al lado de ellos.
Para poder revertir esa situación debemos comenzar desde los hogares, con padres amorosos que brinden calidad de tiempo a sus hijas e hijos y que vayan rompiendo el patrón del maltrato que hasta nuestros días lacera a la sociedad.
A ellas, esas acciones las alejarán de situaciones peligrosas al fortalecer su autoestima y a ellos les enseñará a respetar a las mujeres, a “que no se les debe tocar ni con el pétalo de una rosa”.
Nos leemos el próximo lunes.
Twitter: @Ari_Sintesis127


