La Mariposa Naranja
Arianna Cos
La semana pasada, los medios de comunicación estuvieron plagados de noticias en torno al atroz feminicidio de Ingrid Escamilla.
Cada año, nos enteramos acerca de la muerte de mujeres, pero este caso en particular nos enchinó la piel a un buen número de personas.
El modo desalmado como su feminicida, su marido, trató su cuerpo, violentándolo aún después de muerta, pareciera sacado de una película sangrienta de terror.
Afortunadamente, Ingrid ya no sentía las cuchilladas en su cuello, pero la saña con la que trató su cuerpo habla del cerebro trastornado del asesino. Vaya, creo que no requiero narrar cada acción inhumana que perpetró contra él.
Los medios de comunicación tradicionales así como las redes sociales, se encargaron de contarnos a detalle la atrocidad, y lo que es peor, de publicar fotos y videos que no debían subirse por respeto a la víctima y a sus familiares.
Tristemente, a la prensa le interesa más vender que informar de manera puntual pero respetuosa los acontecimientos; les importan más las ganancias que publicar una buena nota, por ello recurren al amarillismo para atraer la atención de la gente.
Pero dejando atrás esa cuestión, creo que es pertinente analizar la razón de que una mujer continúe al lado de una persona que anteriormente ya la había violentado. Si ya había presentado una denuncia 7 meses atrás, ¿por qué siguió a su lado?
Leía que ella decidió darle una oportunidad a su esposo, pero que según palabras de sus vecinos, eran frecuentes las discusiones violentas y los maltratos por parte de su marido.
Parece ser que el motivo era el problema que éste tenía con el alcohol. Si era constantemente maltratada, ¿por qué siguió a su lado? ¿Por qué no logró escapar con vida de esa relación?
En los años que llevo escribiendo sobre violencia hacia las mujeres más los talleres de autoayuda a los que he acudido, he aprendido que en una relación víctima/victimario, la persona objeto de maltrato se “engancha” tanto con su violentador, que le es casi imposible salir del círculo de la violencia.
Este es aquel en el que el marido violenta a la mujer; le pide disculpas; la trata bien un tiempo y vuelve a maltratarla incluso con mayor violencia.
Pero la raíz del problema no se encuentra como tal en la relación de la pareja, sino en las relaciones pasadas que marcaron la infancia de ambos.
Está comprobado que en la vida adulta solemos repetir los patrones de comportamiento de los padres o de las personas que nos criaron y que si nuestra infancia estuvo marcada por actos violentos contra nosotros o quienes nos rodeaban, estos se verán reflejados en nuestra vida de pareja, ya sea convirtiéndonos en violentadores o en víctimas.
En su mayoría, son las mujeres las que se vuelven víctimas por la cultura machista que impera en nuestra sociedad, en donde el sexo femenino debe seguir siendo el débil, sumiso y casi inexistente a pesar del maltrato del que pueda llegar a ser objeto.
Y aquí hay otra cuestión: la falta de amor que sentía al haber sido abandonada por su mamá. Esa falta de amor, probablemente la hizo pensar que ella no valía lo suficiente si su propia “madre” no la quiso y que por ende, merecía la violencia que vivía. Lo más seguro es que aquello fuera la razón para que decidiera aguantar y aguantar hasta perder la vida.
Así que quien haya juzgado y siga juzgando (hombres y mujeres) a Ingrid por no lograr escapar viva, que no lo haga, más bien que analice su propio mundo, su presente, pasado y lo que quisiera para el futuro.
Si en éste análisis logra ver que algo no va bien, quizá aún haya tiempo de no engrosar más la lista de feminicidios del país.
Nos leemos.
Twitter: @aricos_127


