Armando el futuro
Armando Valerdi
Algo que siempre nos ha inquietado a los humanos es conocer o adivinar el futuro con el fin de tener el poder de saber más que los demás y así llevarles una ventaja competitiva que nos dé la delantera y nos sitúe al frente en muchas cosas, aún cuando eso parece imposible, pues según sabemos, hasta ahora no se ha inventado una bola de cristal que nos lo permita.
No obstante, hay que tomar en cuenta lo que, una persona clave en la invención de los componentes principales de la computadora personal, Alan Kay nos menciona acerca de su visión de futuro; “La única manera de predecir el futuro es inventándolo”.
Asimismo, en los humanos existe el temor del futuro, de saber o conocer algo por anticipado que pueda hacer que nuestro presente se vuelva insoportable.
Algo parecido nos relata Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía, en donde analiza el ejemplo acerca del ángel de la historia mencionado por Walter Benjamin, en los años cuarenta, en su tesis de filosofía de la historia.
Dicho autor se basa como ejemplo en la pintura de Paul Klee (Ángel Novus 1920), donde “el rostro del ángel esta vuelto hacia el pasado, viendo una catástrofe única que no cesa de amontonar escombros que van cayendo a sus pies.
Al ángel le gustaría quedarse, recomponer lo destruido, pero una tempestad sopla con tal magnitud que envuelve sus alas, impidiéndole el retorno e impulsándolo de manera irresistible hacia el futuro que da la espalda.
Ese huracán que lo arrastra hacia adelante es lo que nosotros llamamos progreso”. Ese progreso del futuro que la utopía siempre nos presenta como el anhelo del paraíso por alcanzar.
“El mundo moderno está aquejado de una epidemia global de nostalgia”
Al respecto del cambio que se ha producido en los tiempos actuales en la forma de ver el mundo, Bauman nos dice metafóricamente que “si hoy examináramos detenidamente el cuadro de Klee, casi un siglo después, volveríamos a sorprender al ángel de la historia en pleno vuelo.
Pero lo que tal vez nos llamaría más la atención sería el giro de 180 grados, la maniobra de cambio de sentido que advertiríamos en su movimiento: su rostro vuelto del pasado hacia el futuro, sus alas impelidas hacia atrás por el tormentoso viento que soplaría esta vez desde el imaginado, previsto y temido por adelantado infierno del futuro en dirección al paraíso del pasado (tal como, probablemente, este es imaginado en retrospectiva después de haberse perdido y haber quedado reducido a ruinas), un empuje —ahora como entonces— tan profundamente violento sobre esas alas que el ángel ya no puede plegarlas”.
Esta última interpretación de Bauman, en donde el ángel de la historia prefiere regresar al pasado que seguir un futuro no deseado está en línea con el diagnostico de Svetlana Boym, en donde “el mundo moderno está aquejado de una epidemia global de nostalgia, un anhelo efectivo de una comunidad dotada de una memoria colectiva, un ansia de continuidad en un mundo fragmentado y propone que veamos esa epidemia como un mecanismo de defensa en una época de ritmos de vida acelerados y convulsiones históricas.
Dicho mecanismo de defensa consiste, esencialmente en la esperanza de reconstruir ese hogar ideal que subyace a la esencia misma de muchas y poderosas ideologías actuales, y que nos tienta a que renunciemos al pensamiento crítico para entregarnos a la vinculación emocional”. La propia Boym advierte: el peligro de la nostalgia radica en que tiende a confundir el hogar real al imaginario.
¿Qué es lo que ven los adeptos a la crisis de nostalgia?, lo que ven es una tierra prometida de la abundancia envuelta en la niebla, un estado de bienestar que desaparece y que elimina los sueños prometidos y un futuro que lo que promete es desesperanza, en donde un angustioso terror a la incompetencia, a no dar a la talla a las nuevas habilidades que hoy se demandan en el mercado laboral, a pasar a ser beneficiario de una renta básica universal por ser innecesario para la nueva actividad productiva, miedo al deterioro del estatus alcanzado.
Vivimos en un mundo en transición, en busca de una nueva identidad
Alvin Toffler nos alertó, en los ochenta, del cambio de civilización que estaba iniciando: “Una poderosa marea se está alzando hoy sobre gran parte del mundo, creando un nuevo, y a menudo extraño, entorno en el que trabajar, jugar, casarse, criar hijos o retirarse. En ese desconcertante contexto, los hombres de negocios nadan contra corrientes económicas sumamente erráticas; los políticos ven violentamente zarandeadas sus posiciones; universidades, hospitales y otras instituciones luchan de manera desesperada en este convulso, en donde los sistemas de valores como se conocían, se resquebrajan y hunden, mientras los salvavidas de la familia, la Iglesia y el Estado, cabecean a impulsos de tremendas sacudidas”.
Un mundo en donde el futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas. Un mundo que se fue para unos, y un mundo que aún no llega para otros y del que a veces queremos seguir dando consejos y recetas que ya no aplican.
Vivimos en un mundo en transición, en busca de una nueva identidad, de un nuevo relato que satisfaga las diferentes visiones de la realidad que hoy vivimos y de la necesidad de un nuevo relato que las unifique.
Sin duda, la crisis de la nostalgia está envuelta en emociones como el miedo, la inseguridad, y la falta de comprensión del cambio que vivimos, pero afortunadamente no es la única forma de ver al mundo, porque hay muchos que no estamos dispuestos a quedarnos sentados a esperar que el futuro nos alcance.
Coincidimos con lo que mencionan Tomás Miklos y Ma. Elena Tello; “El futuro no es simplemente lo que viene después del presente, es también aquello que es diferente a éste y que se encuentra aún abierto a que se le diseñe y construya”.
Gracias.
Correo: avalerdir@hotmail.com


